Viaje al Centro e la Ciudad

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Ricardo Garibay

 

Usted escoja el día y la hora, asuma la urgencia de su existencia diaria, decídase a ganar un poco de tiempo “pues el metro va mucho más a prisa que cualquier vehículo que ruede sobre la superficie de la ciudad”. Baje a la estación más próxima y entre para su desventura al circuito interior de la neurastenia. El Metro de México ha dejado de ser una broma y un orgullo. Saldrá usted magullado, sucio y pestífero, con la ropa hecha una lástima, sin su dinero, sin su paraguas o sin su portafolios, medio asfixiado, rabioso, espantado de lo que ha vivido allá abajo y agradecido por emerger más o menos sano y salvo: milagro de sol a sol y de lunes a lunes para un millón y medio de personas en esta inhabitable ciudad.

Centrémonos en esta ocasión en ese subterráneo sistema de transporte colectivo y de la enemistad de todos hacia todos y hablemos sólo de pasada de la metrópoli arriba, ahogada de automóviles bajo el imperio de la ineptitud de la Dirección de Tránsito y sometida a la ladina pachorra de los constructores de escombros, puentes de interminable hechura, pétreas montañas de lodo y tiempo, impávidas armazones de hierro enmohecidas por cinco sucesivas estaciones de lluvia, desviaciones laberínticas que desembocan en ninguna parte o, peor, en la congestionada avenida de donde se huyera hace tres cuartos de hora.

De la calle de Thiers al edificio de Excélsior hice la semana pasada—a las cinco y media de la tarde—una hora y veinte. De Satélite a los Estudios Churubusco—a las ocho de la mañana—hice dos horas treinta y seis minutos. Del Politécnico a la Colonia Hipódromo hice una hora cuarenta y siete minutos. El jueves, que llovió fuerte, hice de la calle de Monterrey a la de Chilpancingo—cuando mucho dos kilómetros–¡dos horas veinte!; tuvimos que trepar a la ancha acera frente a la escuela Ignacio L. Vallarta y destrozamos plantas y derribamos dos pequeños árboles y rompimos los tubos de escape de cincuenta o cien coches, para salir del congestionamiento de la glorieta. Llevamos con esto más de dos años, o más tres. La población aumenta con ímpetu verdaderamente salvaje, proliferan las zonas proletarias,  veinte mil automóviles mensuales se suman a los que ya ruedan, los camiones—salvo Delfines—son pocos y destartalados en la apretura mecánica. Los trenes van con lentitud de buzo idiota, salir de casa es una exasperante aventura contra la hora de la cita, ya las autoridades del Departamento Central filosofan apaciblemente sobre futuras ventajas, siempre futuras ventajas que gozaremos “cuando las obras estén terminadas”, y sobre los inevitables contratiempos de toda gran ciudad en plan de desarrollo.

Pero hablemos del metro, porque ¿no iba a ser el metro nuestra salvación?

 

  • Ricardo Garibay, “Viaje al Centro de la ciudad” (fragmento) en Lecturas para paseantes, Turner, p. 146-147

El Zócalo

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Hay ciudades que se formaron a lo largo de ríos, como París y Londres; otras que se formaron  en el interior de una bahía, como Río de Janeiro; otras, que se construyeron en una isla, como Nueva York. Los ríos son ejes, el mar es un límite. Esto quiere decir que las ciudades construidas en estas condiciones siempre tendrán un orden dictado por la naturaleza del terreno. Nuestras ciudades, en cambio, que están en medio de llanos desérticos (aunque hayan sido lagunas), no tienen ejes naturales, ni más límites que las montañas, que todavía quedan muy lejos. Ahora bien, a falta de límites y ejes, es indispensable que las ciudades tengan, cuando menos, un ombligo. Ese ombligo es la plaza mayor.

La plaza mayor de una población es el centro de la vida misma. Allí es donde está la sede de los poderes, el  civil y el religioso. Si es posible, el social también. En la plaza mayor se junta la gente a platicar, a oír la música, a bolearse los zapatos; allí se da cita para ir a cualquier parte, porque en una ciudad bien organanizada, todos los transportes llegan a la plaza mayor y de allí salen transportes para cualquier punto de la ciudad.

En el centro de la plaza mayor  debe haber un quiosco, para que suba la orquesta y toque. Cualquier cosa que no sea quiosco en el centro de una plaza mayor es una aberración.

La plaza mayor de nuestra ciudad empezó mal. Se llama Zócalo porque en su centro se empezó a hacer algo que nunca se terminó. Este hecho ha dado lugar a que peródicamente aparezca alguien con un nuevo plan para reformar el zócalo.

Pero vamos a ser francos. El problema del Zócalo es que no funciona como plaza mayor. El presidente despacha en Los Pinos, la Catedral la están componiendo desde hace veinte años, y en el centro de la plaza nadie se puede sentar a leer el peródico.

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El Zócalo funciona como plaza mayor cada noche del 15 de septiembre y cuando hay motines. Para eso, que la dejen como está. Funciona perfectamente. Es el centro simbólico de la ciudad.

La idea de hacer un agujero rectangular con una astabandera en el centro y exhibiciones de piezas arqueológicas en los lados me parece peligrosísima. ¿Dónde se para la gente a gritar “¿¡Viva México”! o para protestar por algo?

Por otra parte, la exhibición de piezas arqueológicas tiene el siguiente defecto: los únicos a los que les interesa la arqueología son los turistas. Los turistas ya invadieron las plazas de toros, los hoteles, los restoranes y los mercados. Los resultados están a la vista. Se acabaron los buenos toreros y los buenos toros, los hoteles subieron de precio, la comida en los restoranes es abominable y los mercados están llenos de adefesios. ¿Para qué dejarlos que invadan el Zócalo? El único sentido que tendría ponerles una atracción en el centro sería atropellarlos al cruzar; pero eso no se puede hacer en cualquier calle.

  • Jorge Ibargüengoitia, “El Zócalo” en Rubén Gallo, México D.F.: lecturas para paseantes, trad.De The Mexico City Reader, Madrid, Turner, 2005, p. 85-86

Presentación

 

La creación del presente espacio histórico-literario responde a un doble propósito; el primero, compartir con un público más amplio el acervo narrativo que, sobre la ciudad de México, he revisado a lo largo de más de una década en mis cursos de Historia y Literatura de la Licenciatura en Historia, para mostrar a mis alumnos la forma en que este registro puede ser utilizado por los historiadores como un vestigio del pasado. El segundo, dar a conocer los textos realizados por los estudiantes en los ejercicios implementados para incentivar tanto la generación de un estilo personal de escritura, como la práctica de estrategias narrativas útiles para transmitir el conocimiento histórico de manera eficaz, ágil, e incluso placentera.

A partir de ambos propósitos, este proyecto busca también lectores que nutran ambas vertientes y contribuyan, ya con textos literarios y visuales que den cuenta de la historia de la ciudad, o bien con crónicas, descripciones o textos de su autoría que quizá en el futuro sean útiles para la reconstrucción de cómo hoy, se siente, se goza o se sufre, se percibe el olor y escucha el antiguo valle de Anáhuac, ésta muy noble y leal ciudad de México, ciudad de los palacios que, Ojerosa y pintada, de seguro no volverá a ser nunca más la región más transparente.

Agradezco de manera muy especial la ayuda de Daniela Fernández y  de Víctor M. Martínez Ocampo,  sin su entusiasmo y comprometido apoyo este proyecto no hubiera podido concretarse; asimismo a Gabriela Medina, quien actualizará las NOTAS hasta hoy seleccionadas para dar cuenta de la historia de la ciudad, y de publicar las que ustedes tengan a bien compartir con nosotros.

Lucrecia Infante Vargas.

México, Ciudad Universitaria, enero 23 de 2014.